Aquí, incuestionable,
apoyo mi cabeza en la noche
y amo la plenitud inextensa de la página.
Cortejo errante
de largas filiaciones marinas
y hambre de lo eterno.
Desde la magnifica sensualidad
del brillo nómada del mundo,
vuelo en habitaciones selladas,
sobre almohadas de niebla,
en grietas de recuerdos.
Arrimando lo indecible,
endemoniado cielo,
a veces,
al borde célebre de un amor,
encuentro espacios del corazón
y arrojo lastre de dolor.
Alegre, entonces, hasta el tiempo,
más allá de vagos desgarros
persisto en la aproximación de la dicha
y con vivos tambores, invoco tus manos.
Ellas, tan pálidas en la nieve
como al sol tardío,
reverberan
en criaturas ciclópeas
que tocan mi alma,
de lejos.