La seda es reposo,
cuando la forma percibe
la claridad del mar
y el fondo del sol
puede encontrarse en tus ojos.
Soy un plano perfecto
donde las pisadas no se notan,
si no las ponéis en mi mirada.
Y, cuando señalo el horizonte,
siento el latido de la tierra
subiendo por mi cuerpo.
Encuentro aquí,
en el hueco que cubre esta página,
un caparazón donde cantar
apoyando mis labios.
Mientras la espera y la lluvia
descienden
por la ladera de un relámpago
como una cabeza partida,
tengo en mis manos
un pulmón que te recuerda
y un alma en vilo
que da luz a estos versos.
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lunes, 4 de octubre de 2010
jueves, 24 de junio de 2010
ESTA VEZ, ESTUVE EN BUENOS AIRES
Esta vez, estuve en Buenos Aires,
en los pliegues del bicentenario
y el rock argentino en las pupilas.
Caminé futuros cercanos
en la amistad deliberada,
y por amplias avenidas
del azar furtivo
donde Pavarotti
y Charly García
dibujaron la luna serena
en acordes del alma y sus costados.
Geografías de altas recovas
y guitarras
de barcos fantasmas,
encallados en la ciudad encantada
y su arquitectura imperial,
sin dominios, con grandeza.
Entre Jaracandás y Acacias,
se detiene la rigidez de estatuas
y la gloria de luces equidistante.
Y, en los bancos de las plazas,
donde el horizonte
se abre a latitudes lejanas,
abrevando prolijidades
del tiempo y la belleza,
dejan pasar la tarde
mis amores.
En un puerto sin mar
con paisajes adheridos a la tierra
en deslumbrada ignorancia,
con insegura propiedad
como pájaros en el aire,
descubro páginas
que alumbran recuerdos,
antiguos, hasta la ternura.
en los pliegues del bicentenario
y el rock argentino en las pupilas.
Caminé futuros cercanos
en la amistad deliberada,
y por amplias avenidas
del azar furtivo
donde Pavarotti
y Charly García
dibujaron la luna serena
en acordes del alma y sus costados.
Geografías de altas recovas
y guitarras
de barcos fantasmas,
encallados en la ciudad encantada
y su arquitectura imperial,
sin dominios, con grandeza.
Entre Jaracandás y Acacias,
se detiene la rigidez de estatuas
y la gloria de luces equidistante.
Y, en los bancos de las plazas,
donde el horizonte
se abre a latitudes lejanas,
abrevando prolijidades
del tiempo y la belleza,
dejan pasar la tarde
mis amores.
En un puerto sin mar
con paisajes adheridos a la tierra
en deslumbrada ignorancia,
con insegura propiedad
como pájaros en el aire,
descubro páginas
que alumbran recuerdos,
antiguos, hasta la ternura.
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