Tenía veinte,
abanicos de tiempo
en mejillas doradas.
Guardaba cumplidas
fórmulas de locura,
confabuladas en el viento
sobre la tierra oscura.
Y, en alaridos de estrellas,
disemino sangre desierta
en el muro
violáceo de tus ojos.
En mitad de los encuentros,
bebo naranjas amargas,
en cabotajes
de libros deseados.
Oculto en la multitud,
reviso mi bitácora
tocado hasta la médula
por la gracia del abismo.
Remoto como el marfil,
fugitivo
como un pájaro,
entre los dientes de la noche.