El mimbre de tu piel
atraviesa oxígenos,
florecidos corchos
que interrumpen
mi encuentro
con alguna voz.
Quiebro la noche
en tímidas legumbres,
mientras despierto
a mi sombra,
jugándome
actos venerables,
otros epitafios.
Si estimara en conjunto
la casa viva
de tu queja a destiempo,
sabría acercarme
a la majestad
de tu índice escarlata,
mansedumbre
de mosca ardiente,
prendida
del grean átomo de la ignorancia.
En tal caso,
este cerebro mío,
oculto bajo un sombrero,
exigiría
infaustas analogías
que, a veces,
con dudoso exito,
sacrifico
a metaloides cívicos.